UNA VIDA IMPLORANDO LA LLUVIA
- 18 jun 2021
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Actualizado: 27 jul 2021

Un espeso e inmóvil brumal flota en el ambiente de esta madrugada. Humedad que viene del suelo, partículas de agua, nubes bajas, grises y esfumadas. Es extraño, porque no ha llovido desde hace tanto tiempo que ya no llevo cuenta y día tras día se han estado levantando incesantes desde los patios de las casas, de las calles, de los campos unos velos apenas transparentes de polvo, más blancos que ambarinos, que el viento ha hecho danzar en redondo de modo que nada se ha estado yendo a otro lugar, sino que ha estado volviendo y volviendo al mismo sitio y todos aquí soterrados bajo esta pátina de tierra.
Veo esa bruma a través de los orificios del visillo de la alta ventana y me pregunto quién la ha puesto allí. Otros años podrían haber sido mis lágrimas, evaporadas de pañuelos blancos y sábanas negras, pero no esta vez, pues ya ni siquiera de lágrimas queda un manantial.
Inertes, el vestido y el delantal me esperan en la silla. No se moverán de allí para vestirme si no soy yo quien tomo coraje para incorporarme y hacerlo. Los miro y los miro y luego me enrollo en las sábanas una y otra vez, una y otra vez. ¿Coraje? Coraje es levantarse todas las mañanas aun cuando se sabe que todo está perdido.
Es extraño un brumal en este lugar yermo, agobiante, solo pródigo en pajonales. ¿Lloverá? Me cansan los portadores de buenas noticias que nunca se cumplen: “este año será llovedor”. Deben engañarse para sobrevivir, aferrarse a la ilusión y salir una vez más a arrojar simientes, nada más que para verlas morir después.
Me miro en el espejo trizado y me digo que los amaneceres no son aquí como los describen algunos poetas. Ellos se bañan con rayos de fuego como si fueran finos hilos de aguas frescas, mientras estos soles marcan heridas purulentas en el cuerpo y en el alma. Ellos sienten suaves y cálidas esas llamas que aquí queman. Ellos ven lumbre donde hay hoguera. Ellos ven dorado lo que es rojo sanguinolento e imaginan efluvios de vida celestial donde hay eructos del infierno y lo festejan como si de un nuevo día fueran promesa, cuando aquí es la muerte que le hace una resta a la cuenta. Debo bañarme. Abro la canilla y salen dos gotas marrones oscuras que al rebotar en la loza producen estampidos: “pum”, “pum”. Uno me llega a la cabeza y el otro al corazón.
Salgo al patio, que nunca fue jardín, y miro en derredor la nada misma. La misteriosa bruma no existe, el sol lo raja todo, una iguana se arrastra del aljibe al corral, las moscas revolotean en el chiquero ya vacío, el hueco de lo que fue represa se quiebra en cientos de tajos gruesos que llegan hasta el centro mismo de la tierra, las plantas tristes, en coma, perecen sin haber dado ni una flor. Seré piadosa, las dejaré morir, pues luchar por flores… ¿Para qué? ¿Para quién? ¿Para mí? Los caldenes y los chañares semejan esqueletos desecados, pero aún sostienen algunos nidos abandonados. ¿Volverán los pájaros algún día? Hay espinas grandes y gruesas como cuchillos por todas partes y una serpiente larga y delgada, nerviosa, se arrastra por entre mis piernas como una luz salida de no se sabe dónde. Sabía que pasaría, porque la soñé.
Una vida implorando agua, ¡solo agua! Pero tampoco hoy lloverá, aunque el cielo estuviera cargado. Soles agresivos, cielos mezquinos. En algún tiempo me hubiera gustado dejar de esperar la lluvia y partir a buscarla. Ya no. ¿Por qué no me hago polvo, como todo aquí? Polvo que parta flotando sin dejar ni una huella, al punto que una lápida en mi tumba llegue a ser una ofensa. ¡Si por lo menos estos soles que me han aplastado le prendieran fuego a los registros en los que figura mi nombre y de mi paso por aquí no quedara ni un rastro!
¿Quién pretende hacerme creer que ha llovido, cuando no ha llovido? ¿Y si no, por qué están las vacas muertas? ¿Quién simula haber humedecido lo poco que tengo con minúsculas partículas que parecen salidas del suelo, cuando todo se trata de una trampa para que anhele más y más el agua? Voy al huerto, solo para comprobar que ya nada queda. Salgo a la calle de vecinos vivos muertos, todos sentados sobre sillas en las veredas mirando el cielo que ahora es turquesa fosforescente, vacío de nube alguna. ¡Ni una mancha blanca de la que aferrarse como a un cometa! ¿Quién sabe lo que es vivir para mirar el cielo e implorar por lluvia? ¿Qué debería suceder para prescindir de este cielo? No lloverá. Otra cosa habrá de suceder porque siento aullidos de perros descarnados en mi interior.
El traqueteo del colectivo que pasa una vez a la semana por la calle polvorienta, la única del pueblo, se hace sentir. Lo veo pasar haciendo embudos de aire sucio que me envuelven y dejan enfundada en polvo que cubre mi carne viva ‒en carne viva, tanto, que una sola gota de agua quizás me cocinaría‒, mientras desaparece en ese horizonte que es el único que conozco. ¿Viajarán muertos allí, como nosotros?
Un ruido atronador como miles de tambores sonando sin compás rompe la mudez que reina en este lugar de desesperanza, todo se mueve bajo mis pies, crujen los árboles resecos, corren pavos y gallinas en todas direcciones, los caballos flacos atados a los palenques se encabritan, se paran en sus patas traseras y relinchan echando sus cabezas hacia atrás, los perros ladran y giran y giran enloquecidos sobre sí mismos. Un puma lastimoso cruza la plaza y desaparece entre los montes. Los jotes que mes a mes han venido alimentándose de los cadáveres de los animales que perecieron de hambre, huyen.
Giro mi cabeza con lentitud al cerro El Morro, ese telón de fondo como un titán en el que se recorta la silueta del pueblo. Lo veo inflamarse como una bestia furiosa y adquirir proporciones colosales. Va a explotar, va a explotar… Y explota, revienta ante mis ojos y expulsa un líquido que parece un tapiz de estrellas de plata que se agiganta a medida que asciende hacia el cielo.
Son masas y masas de agua que comienzan a bajar y desbordar igual que lo haría un jarro bajo un surtidor incontinente, deslizándose por las laderas como lienzos de seda que se lanzan a los cañones y precipicios, bañando las planicies, penetrando y bifurcando los montes. ¿Dónde estoy? ¿Dónde está el eje de la tierra? El agua debía venir desde el cielo, pero la veo brotar desde las entrañas de la tierra y viajar hacia mi pueblo.
Siento ahora galopes y fustazos que vienen por el camino. Se recortan los caballos montados en los perfiles de la loma y acortan distancias en una salvaje carrera. No son de mi pueblo esos vasos que resuenan entre las piedras como furiosas castañuelas; son malacaras, zainos, bayos gordos y crinados del norte. Pasan como desbocados por la calle sin aminorar el galope. Los jinetes gritan: “¡La cuenca del Morro ha reventado! ¡Escapen! ¡Escapen a lo alto de las lomas porque el agua avanza sepultando los poblanos!”.
Aún confundida decido que no habré de moverme un centímetro de este lugar en el que toda una vida me ha pasado por encima mientras yo esperaba la lluvia, o la muerte. Habrá de cumplirse la paradoja de la supervivencia: que unos mueran para que otros vivan, como nacen retoños del árbol marchito solo después de que la tormenta se ha llevado consigo los tallos viejos.
De UN ALMA PARA DOS, Lis Claverie.






















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