LA PARTIDA
- 25 mar 2021
- 7 min de lectura
Actualizado: 27 jul 2021
Esto pasó una mañana de julio, aunque no te puedo decir el día porque en El Suspiro no cuenta el calendario. Sólo se cuentan los días que faltan para las lluvias, los días para echarle los toros a las vacas, los días para salir al campo a ayudar en las pariciones.

Era una mañana de julio y en julio no pasa nada, sólo un frío temible hermano, temible. Te agarra los últimos días de mayo y te suelta recién cuando los caldenes largan las primeras flores, que son chiquititas así, mirá, de un colorcito amarillo, bueno…, las flores en los caldenes quieren decir que no helará más y ahí es como que el espíritu revive, te sentís más optimista, te ponés corajudo, ¿viste? Yo empiezo a silbar cuando viene el calor. En invierno no silbo nunca, nunca silbo, porque el aire que te entra parece que te cortara el pecho, el aire parece una flecha de hielo, parece. Y el invierno en El Suspiro, para peor, es seco… seco, seco. Se te agrietan la boca, las manos y hasta la nariz se te lastima. Vos salís a la mañana, mirás para todos lados y no ves nada, nada de nada ¿eh? No hay casi árboles en El Suspiro, porque está muy al sur, ¿viste? No me baño en invierno yo, ni loco. A la noche me acuesto vestido. Y aunque tenga el brasero lleno al lado, no paro de tiritar. Tirito más por el miedo que le tengo al frío que por el frío. Y con los años, más miedo le tengo. ¿Y el viento? Ay, ay, ay, te lo regalo. El viento ahí vuelve loco a cualquiera. Cuando vienen los primeros calores a fines de agosto el viento es más fiero y si todavía no ha llovido se largan los incendios.
Vivo solo en El Suspiro porque no tengo mujer. Hijos no sé, puede que sí, puede que no. Yo junto todos los francos del año con las vacaciones y los sueldos también, y para las fiestas me voy al pueblo y ahí me quedo en lo de mi compadre uno o dos meses hasta que se me acaba la plata. Tengo una amiga ahí que es casada, con varios hijos. Ella dice que el último es mío. Unos amigos me dicen que no sea tonto, que mi amiga me emborracha para sacarme la plata. Pero a mí no me importa si soy tonto o no soy tonto. Yo soy muy renegado para todo, me hice así.
A mi madre y a mis hermanos no los volví a ver desde que me fui del pueblo, y a mi padre tampoco desde que se fue él.
Bueno… pero no sé por qué me fui por las ramas. ¿En qué había quedado? Ah, sí, ya sé, ese día me había levantado helado de frío y me había puesto a mirar los recados mientras tomaba unos mates, cuando a una legua, más o menos, vi un auto con dos personas, dos hombres. Lo que tengo yo es que te sé distinguir una liebre de una vizcacha a más de una legua. No saqué la vista del auto desde que lo vi hasta que llegó donde estaba yo. Era una camionetita celeste, de esas viejas. Se bajaron los dos, me miraron y uno me preguntó: ¿Camilo Miranda? Cuando le escuché mi nombre, “Camilo”, sentí como un sacudón en el pecho porque nadie sabía que me llamaba así. Sólo los de mi pueblo. Desde que vine al Suspiro me hice llamar Alejandro, Alejandro Miranda, como mi abuelo.
No reconocí ni al Héctor, ni al Roberto en el primer momento. Ellos me dijeron quiénes eran. ¿Cómo los iba a reconocer si habían pasado veinticinco años desde la última vez que los vi? El Héctor siempre fue alto, flaco y negro como un carbón; tenía todos los dientes y bien blancos, muchas motas de pelo, así… con rulitos y los labios muy gruesos, por eso cuando éramos chicos yo lo cargaba y le decía que era hijo de negros; también le decíamos “virulana”, por el pelo ¿viste? Seguía igual, pero no lo reconocí porque era como que lo había borrado de mis recuerdos. El Roberto, en cambio, sabía tener la cara como los indios, así, la piel tirando al cobre, los ojos chiquitos negros con una mirada maligna, y los pelos negros también, tiesos, largos, grasosos. Era flaco y chiquito; sí, flaco y chiquito como yo. Él había cambiado más, parecía una pasa de uva.
Yo no les dije si era Camilo o no era Camilo, pero se ve que se dieron cuenta sólos cuando me vieron más de cerca porque se me vinieron encima contentos y estirados para un abrazo. Pero yo no, yo los miré con desconfianza. ¿Qué hacían ahí? Lo que pasa es que antes me gustaba recibir visitas, pero después no. Me había hecho muy chúcaro.
Yo no trabajo para el dueño del Suspiro, ¡un turco más charlatán!, sino para el dueño de las vacas. Ese es el único al que recibo con ganas; y es el único con el que me dejo mandar… nadie más me manda a mí… me haría matar por él si fuera necesario. Cuando viene trae asado, cigarrillos, fruta, pan y un poco de vino, porque me lo mezquina, y nos juntamos todos con la peonada al lado de los bretes para contar la hacienda, destetar, capar; también descachamos siempre. No le gusta ver a las vacas con cachos, él mismo agarra la sierra y corta cachos hasta que se hace una montaña al lado del cepo. A veces trae al veterinario… ¿para qué?, ¡no sé!, si se pasa horas haciendo los tactos esos para decir si están preñadas o no, cuando yo me doy cuenta con sólo mirarlas. ¿Sabés? Cuando él se entere de lo que me está pasando me va a venir a salvar y vos te vas a arrepentir comisario y vas a temblar… ¡dejá nomás vos!... ¡ya vas a ver!... ¡no sabés con quién te has metido!
¡Tranquilo!... ¡tranquilo!... ¡dejá de pegar comisario! ¿Por dónde es que habíamos quedado? Ah, sí… yo les salí al cruce al Héctor y al Roberto con la mano extendida, un apretón de manos sí, pero un abrazo y palmadas en la espalda como si nada, no. Me contaron que iban al sur llevando mercadería para vender, pero con las últimas gotas de combustible en el tanque de nafta pensaron que no llegarían, entonces, le preguntaron a un paisano dónde había un puesto y que el paisano les había mostrado un desvío al puesto de Alejandro Miranda, mi puesto, y que pensaron encontrarse con mi abuelo y que mi abuelo les podría decir qué fue de mi vida.
Los convidé a tomar unos mates. Mientras se calentaba la pava en el brasero y después en la ronda del mate, nos aflojamos un poco, ¿viste?, yo sentado en la única silla que tenía y ellos en el catre, sobre las colchas. El Héctor contó que no había terminado la escuela porque se casó a los dieciocho años con una compañera nuestra de la primaria con la que había tenido seis hijos, dos mellizas, que había probado varios trabajos y se había decidido por el reparto de mercadería. ¡Y qué sé yo cuántas cosas más contó! El Roberto había tenido tantas mujeres y tantos hijos que me perdí, sólo me quedó que vivía con la madre y que comía con changas porque le habían dado la baja en la policía. El Gilberto había muerto.
Esa mañana hablamos despacio y cortito nomás, pero con silencios largos. Los silencios a mí, nada. Ellos se ponían nerviosos. Por ahí, para llenar los silencios, el Héctor volvía y volvía con el mismo tema y el Roberto le seguía la corriente. Yo los miraba callado, ¿qué podía contar? Yo soy como un lobo ¿viste?, pero ellos se acordaron cómo me decían en la escuela: jilguero, jilguero me decían, porque en esas épocas reía mucho.
Entre mate y mate se vino el mediodía, entonces les ofrecí preparar un fuego para hacer rescoldo y echarle alguna carne. El quirquincho estaba listo para asarlo, pelado y limpio. Pero también tenía una mulita y un piche vivos en unos tambores, que estaban gordos porque los había alimentado muy bien. ¡Cómo será que hasta los invité a que eligieran! Se quedaron con el quirquincho. Es riquísimo el quirquincho. Cuando estuvo a punto lo puse sobre una tabla con el caparazón para abajo y las patas para arriba y lo carancheamos con los tenedores hasta que no quedó nada.
Para convidarnos, el Héctor había sacado un vino de los cajones de mercadería que llevaba en la camionetita; al primero lo estiramos con agua, pero después no, después, cuando trajo el segundo y el tercero, y así hasta que perdí la cuenta, los fuimos tomando puritos, como debe ser.
Más o menos a la oración el vino les soltó la lengua y me preguntaron por qué me había ido del pueblo y esas cosas. ¿Por qué me preguntaban eso si ellos estaban chochos con la respuesta que habían armado a su gusto? Creían que me había ido porque mi madre trabajaba en el burdel y me hacía bajar la cabeza. ¡Qué equivocados! Yo respetaba a mi madre. ¡Amo a mi vieja! ¿Vos crees que yo no sé lo que le hizo la vida? Y si mi asquerosa madre se revolcaba con hombres, esos hombres, ¿eran señores o eran unos asquerosos también? ¡Por favor! Y si mi madre era una prostituta porque cambiaba sus carnes por plata, entonces, ¿qué eran los hombres que cambiaban su plata por las carnes de una mujer? Por cada prostituta, hay muchos más prostitutos. ¡Brutos! Ellos creían que no me enteré que quisieron debutar en el burdel con ella. ¡Qué tontos! ¿Y si ellos no se avergonzaron nunca de la traición a un amigo, por qué me tendría que avergonzar yo? ¡Pobres diablos!
A mí el vino me había soltado la tristeza, pero enseguida nomás empezó a subir una rabia bárbara. Sentía el cuchillo agarrado en la faja, el codo este se me apartaba solo del cuerpo y la mano se me abría para el lado de la espalda. Podría haberlos pasado a cuchillo ahí mismo, podría haberles quitado la vida en un instante, sin tiempo para boquear. Pero me levanté de un salto, salí de la pieza, les traje un bidón de combustible, los miré y les dije: ¡Me fui y no volví nunca más para no tener que vivir la vergüenza de haberles quitado la vida a ustedes, juna y gran p…! Me miraron con los ojos abiertos como huevos, me miraron como si yo fuera la luz mala y salieron disparando a los tumbos hasta la camionetita. La pusieron en marcha y desaparecieron por donde vinieron.
¿Y ahora vos comisario me decís que desaparecieron? ¿Qué los buscan? ¿Qué los dan por muertos? ¿Me apretás para que me confiese culpable de haberlos matado? ¡Qué sé yo lo que pasó con ellos! ¡Se los habrán comido los caranchos! ¡Se habrá hecho justicia, justicia Divina! ¡No jodás comisario!
FIN
* Dos meses después de que Alejandro Miranda recibiera una descomunal golpiza para obligarlo a confesarse culpable de lo que la policía daba por sentado como un doble crimen, Héctor Medina y Roberto Villafañe aparecieron en el pueblo tras un reparto de mercadería que se había extendido más de la cuenta en el tiempo.






















Comentarios