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LA LEYENDA DE GOYO

  • 8 jul 2021
  • 11 min de lectura

¿Y ahora te vienes con estas historias turbadoras, María de las Mercedes, mi querida? ¿Qué Don Adame levantó unos testimonios allá? ¡Y yo qué sé quién es ese Don Adame! Si tu Don Adame se ha metido por esas tierras para levantar testimonios, tiene que tratarse de un asunto importante o, cuanto menos, llamativo, imagino yo… pues tú has visto que hay cosas que no tienen la menor importancia, pero algo las hace fascinantes. ¿Quieres un té de bergamota?


Estaba diciéndote que las cosas importantes… eh, las cosas importantes… ¿cómo lo puedo explicar? Bueno, son las que importan a las gentes, propiamente hablando, ¿te das cuenta, María de las Mercedes? Importan porque son trascendentes y, trascienden, porque tienen sustancia. ¿O prefieres un té negro con menta y chocolate? Fíjate… ¿Para qué habrías de comerte un durazno que no tuviera pulpa? Sin entrar a considerar que sin pulpa no tendrías un durazno, puedo asegurarte que masticarías gustosa la cáscara, solo si ella fuera fascinante. Sírvete unos macarrones, que los hizo Rosa porque sabía que venías. ¡Qué mano para los dulces que tiene esta mujer!


Si la historia que cuenta Don Adame es que ese Don Ramón vio, cuando era chiquitín, unas luces de colores rojos, verdes y amarillos que bailaban en el cielo de la noche y que todo era muy bonito, y que las chivitas no se asustaron, pero que los perros sí, y ya, ahí termina la historia… pues, entonces, Don Adame se hizo un viaje de gusto, nomás… No sé a ti, lo que es a mí, me aburre que me cuenten historias sin causas, ni consecuencias. Por cierto, no deberías haberte puesto en gastos. Es precioso este pañuelo.


La pulpa estaría en las consecuencias que en la vida de Don Ramón hubieran traído el hecho de haber visto una aurora boreal, ¡un fenómeno tan inexplicable para ese entonces en esos lugares! Eso hubiera sido una jugosa leyenda pues cuando el hombre era aún Ramoncito, no podía saber que esas luces bailantes eran auroras boreales que, aunque inusitadas allí, tienen perfecta explicación, tú me entiendes.


Yo podría contarte que el mes pasado nacieron en la hacienda “Don Feliciano” tres terneros de una misma vaca y, en tal caso, tú, ¿qué me dirías? Pues que me felicitas y ya, porque ahora tengo dos cabezas más que no estaban en las previsiones. Luego, también podría contarte que la particularidad es que los tres terneros tienen una sola cabeza. ¿Y qué me dirías? Me dirías, ¡mira tú qué notable! ¡Rosa! ¡Rosa! El agua se ha enfriado. Ven, por favor, llévate la tetera. Aun contándote de tres terneros con una sola cabeza, si nada más te agrego, ¿cuál es la gracia? ¡Y no me digas, mi querida, que ese no es un hecho por demás extraordinario, que parece no tener explicación alguna y se presta a cualquier clase de especulaciones por parte de la peonada! Fíjate que si los que saben, no nosotras, por cierto, se pusieran a pensar sobre sus causas, estarían haciendo ciencia de alguna manera, ¿o me equivoco? ¿Y si habláramos de sus consecuencias? Bueno, ajá, en tal caso tendríamos entre manos una fantástica leyenda. Sin embargo, eso todavía no lo podemos saber, porque es muy reciente. Han de pasar muchos años todavía y para cuando la leyenda esté lista, ¿de nosotras?, ¡ni rastro!


No hablemos de Don Adame y Don Ramón, ¿quieres? A menos que haya una segunda entrega que te has guardado, no me parece importante, ni llamativo. Fíjate el maravilloso servicio de té que tenía preparado para ti: igual que en las historias de fantasía, en la cocina no solo importa el qué te comes y el qué te bebes sino, además, el cómo te lo presentan, tú lo sabes.


Mi marido Augusto, Dios lo tenga en su santa gloria, siempre me decía que vivir sucesos es de cualquiera, pero conocerlos por sus causas, de unos pocos; y que aquellos, los primeros, son usados por los sucesos, tomados por los acontecimientos, raptados por los hechos, captados por los eventos y hasta alienados por las experiencias. ¡Cómo explicaba las cosas Augusto! Yo siempre corría a anotar las cosas que él me enseñaba. Un puñado de elegidos que conocen las causas de las cosas cabe en la mano de Dios y sobra. Un puñado de los que las ignoran no cabe en todos los cementerios, era otra de sus frases célebres. ¡Y es tan cierto, mi querida! ¡Tan cierto! Porque la ignorancia… mmm, ¡trae cada consecuencia! ¿Quieres que pasemos a la sala?


Ahora, presta atención porque yo te voy a contar una cosa que no fue importante; sí, muy, muy excitante. Más, te voy a contar sus causas y consecuencias. ¿Qué crees que le ocurrió a nuestro pobre capataz? Pues eso, justamente, que fue usado por una experiencia terrena y poseído a tal punto por ella que vino a resultar que murió turulo y, no solo eso, sino que después de su muerte terminó siendo protagonista de una leyenda, ¡y qué leyenda!; aunque de esto ni se enteró puesto que para ese entonces ya estaba muerto el pobre… No, no es del Ñato de quien te hablo, María de las Mercedes, si él vive todavía. Es del Goyo Medina, ¿te acuerdas de él? ¿Nunca llegó su leyenda a tus oídos? Ven, ven y siéntate al lado de la ventana para que nos caliente un poquito el sol.


A ti te voy a contar toda la verdad, aunque antes tienes que jurarme que no la repetirás, ni al cura. No, así no. ¡Júrame con los dedos en cruz en la boca y en el pecho! Así, así, eso es… Bueno, sucedió que habíamos salido en los caballos a recorrer los cuadros de hacienda Augusto, Goyo y yo. Temprano habíamos salido. Era una tarde bellísima de primavera y anduvimos, anduvimos por horas, al paso, sin apuro, tranquilos, riéndonos porque Goyo era muy ocurrente. Augusto gozaba de tirarle la lengua y hacerlo hablar, contar sonseras, ¿entiendes? Aquella tarde, Augusto le había vuelto a recordar a Goyo, igual que cada año para esa fecha, que las alfalfas estaban en flor, divinísimas, con ese color violeta que tanto me agrada a mí, pero peligrosas para el empaste. “No te vas a quedar dormido Goyo. Vos andá con el cuchillo en la mano y en cuanto veás un novillo tirado, espoleá y clavá. Vos clavá sin miedo”, le había dicho. Y yo no sé porqué se lo repetía hasta el cansancio, si Goyo andaba siempre salvando novillos del empaste sin que nadie lo mandara. Era un maestro para abrirles la panza y desinflarlos. Lo cierto es que cuando el sol ya había comenzado a recostarse sobre las alfalfas, hicimos una última parada antes de volver. Fue ahí que Goyo metió la mano en la alforja y sacó unos cigarrillos. Prendió el suyo y, lógico, comenzó a fumarlo. Augusto fumaba muy de vez en cuando y yo, bueno, yo, en todos los “cuandos” posibles, de modo que empezamos a emprender la vuelta al casco, también al paso, cigarrillos en mano. Y ya que hablamos de esto, me voy a prender un pitillo ahora. Espérate que cierro la puerta, mi querida, porque si Rosa me ve pitando, después va con cuentos a mis hijos.


Se había carneado ese día, sabes, así es que nos esperaba un asado. Augusto y Goyo iban delante de mí, conversando y fumando. Yo, por detrás, con el vientecillo cálido en la cara y contenta de no escucharlos. Vi clarito que del cojinillo del oscuro de Goyo salía un hilo de humo, finito, blanco, suave. ¿Puedes creer, María de las Mercedes, que a mí no se me dio por decirle a Goyo esto de que salía humo de su cojinillo? Si hasta me pareció ver que con la mano lo sacudía para apagarle la brasa, lo que no fue así, por lo que luego sucedió y se vio, ya verás tú. ¿En qué habré tenido puestas las cavilaciones? ¿Habré pensado en interrumpirlos solo en el caso de que el cojinillo se prendiera fuego? Ve tú a saber, ¡qué cabeza la mía! No sé, pues que no lo sé. Si así hubiera sido en ese momento, si hubiera alertado a Goyo de que el fuego provenía de la brasa, de nada hubiera servido, puesto que tú sabes cómo actúan los animales con el fuego. El mancarrón se habría echado a corcovear de cualquier manera y después habría salido disparado, sin Goyo, claro está. Goyo habría terminado estropeado en el suelo. Con el tiempo, he pensado que esto último hubiera sido lo mejor. ¿Que no es del fuego, sino de la brasa que debí alertar? Si, pues claro que sí María de las Mercedes. ¿Crees que no me he machacado los sesos durante años con la cuestión relativa a la importancia, causas y consecuencias de un insignificante hilo de humo? ¡¿No hay humo ahora, aquí mismo, no?! No, parece que no.


No me interrumpas, mi querida. Déjame que continúe, ¿sí? Llegamos al casco y allí estaban los peones, las mujeres y los niños esperando con la mesa puesta, el pan horneado y la carne chirriando. Desmontamos. Goyo desensilló los tres caballos y los llevó hasta la aguada, cerquita, a beber. Las monturas, con sudaderas, recados y cojinillos, más las riendas y lo demás, las colgó en un alambre para que se orearan. Nos sentamos todos juntos a comer, porque así le gustaba a mi Augusto. ¿Qué tiempo habrá pasado? Una hora, más, quizá. Yo no sé en qué momento Goyo se había ausentado, ni porqué. Lo cierto es que lo vi entrar a la galería en la que estábamos terminando de cenar y pararse al lado de Augusto, que no sacaba los ojos del plato, ni paraba de descarnar un último hueso. Era evidente que esperaba que mi marido terminara lo suyo, levantara la vista y le diera su anuencia para hablar. ¿Te acuerdas de Goyo, María de las Mercedes? ¿No? No importa.


Goyo era un blanco, pero muy moreno, de pelo motoso y labios gruesos. La nariz la tenía muy gruesa también y los ojos… de los ojos mucho no recuerdo. ¡Qué cosa! Tenía un muy mal “cerca”, aunque un extraordinario “lejos”, pues era alto y se veía muy bien plantado, la espalda erguida y el cuello largo. Parecía… un cisne negro, parecía. Siempre con sus botas de cuero de potro, caña muy alta.


Parado al lado de la cabecera de Augusto y, viéndolo desde mi propia cabecera, desde el otro extremo de la mesa, me di cuenta al instante de que algo grave había sucedido y, eso así, porque su buen “lejos”, había desaparecido. Daba la impresión de que se había plegado en alguna parte de su cuerpo por debajo de la línea de la mesa o de que se hubiera encogido. O, a lo mejor, no sé, el peso de la desgracia que estaba a punto de anunciar le había doblado la espalda a tal punto que se veía del mismo alto que Augusto, sentado. Blanco, blanco, no estaba. Sí, amarillo, muy amarillo.


“¿Qué pasa, Goyo?”, le preguntó Augusto tirando un poco la cabeza hacia atrás. Y en ese momento, María de las Mercedes, se hizo un silencio que no puedo calificar de sepulcral, porque sería una cursilería, ni de denso, ni de pesado y esas cosas, por la misma razón… No, no. Fue un silencio como de licencia que se hubieran tomado las máquinas del universo. Me di cuenta de que Goyo había comenzado a jadear por los movimientos de su boca y de su pecho también, pero ni un sonido salía de su humanidad. ¡Mira, se me pone la piel de gallina de solo recordar el instante en que Goyo iba a dar una noticia que, ya nadie lo dudaba, sería espantosa! “El Diablo, el Diablo ha venido y ha quemado todas las monturas don Augusto”, dijo por fin.


“¡Cállate Goyo, no digas estupideces, hombre!”, respondió Augusto de lo más fastidiado, porque si a él no le gustaban los correveidiles del Más Acá, imagínate que menos aún le podían gustar los del Más Allá, a los que eran tan propensos las gentes del campo. ¿Y por qué estás tan blanca tú, mi querida? ¡Rosa! ¡Rosa! Tráele un licor de cacao a María de las Mercedes, por favor. Que sea doble, ¿quieres?


¡Imagínate entonces lo que fue eso! Que Ave María purísima; que Dios nos libre y guarde; que por la señal de la Santa Cruz de nuestros enemigos líbranos Señor; que perdona nuestras ofensas; que no nos dejes morir sin tu bendición; que más acá, que más allá, que no se qué, que qué se yo ¡y cuántas cosas más!


Pues bien, el asunto es que Augusto ordenó salir con los soles de noche hasta el alambrado donde Goyo había dejado las monturas. Yo iba pegadita a Augusto, sin decir esta boca es mía. Cuando estuvimos allí, ¡¿puedes tu creer que todito se había quemado y no quedaba nada, nada de nada?! Miento, ¡la argolla de una de las cinchas había quedado! Y también, unos retazos minúsculos de cueros humeantes y hasta con algunas llamitas moribundas todavía ardiendo.


¿Has visto tu que cuando te cuentan algo horroroso pretendes verlo con tus propios ojos, pues piensas que quien te lo cuenta puede haber visto visiones, de modo que buscas confirmarlo antes de terminar de horrorizarte por completo? Pues eso es lo que pasó con la peonada, las mujeres y los niños mientras íbamos de camino al alambrado. Estaban muy asustados, aunque guardaban la esperanza de que el asunto se debiera a una equivocación o, tal vez, que tuviera una explicación. Pero esos rastros, Dios mío, terminaron por hacer lo que faltaba. Figúrate, eran la prueba de que Goyo no había mentido, porque además no era de natural mentiroso, ni había errado el vizcachazo, como hablan ellos.


En cuanto a mí, debo decirte que no fue por la supuesta incursión del Diablo en nuestra hacienda que comenzaron a temblarme las piernas. No, qué va. A mí me temblaron cuando me di cuenta de que la causa del fenómeno ígneo, que había pasado de un cojinillo de lana de oveja a otro y a otro, estaba en la brasa que se le cayó a Goyo cuando cabalgábamos y, cuyo humo, yo había visto. ¡¿Será posible?! Figúrate, mi querida, con qué sigilo actúan las fuerzas de la naturaleza. ¿Cómo podría haber sospechado que aquel humo de chicha y nabo que vi habría de terminar, horas y horas después, con tres monturas completas?


Augusto permaneció callado, analizando la argolla y los cueros que habían quedado, mirando los alambrados, también lo poco que la noche permitía ver de los alrededores. Quiero decir que mientras todos allí se movían nerviosos de un lado a otro, como si hubieran pisado un boyero eléctrico, él no levantó una bota del suelo. Date una idea, María de las Mercedes, la tensión de esas gentes, esperando la opinión del patrón, que en muchos casos venía a ser palabra santa. Después de unos minutos, pocos, sí se movió. Hizo un recorrido en círculo buscando huellas… no vayas a creer que puso demasiado empeño en ello, no, ¡qué va!


¡Era tan inteligente mi Augusto! Tan seguro de sí mismo, tan poco influenciable. ¡No he conocido jamás persona alguna que ejerciera el libre albedrío con tanta plenitud como lo hacía él! ¡Rosa! ¡Rosa! Tráeme un pañuelo, por favor, para sonarme la nariz. ¿Y sabes tú qué dijo? Dijo con su voz de trueno: “Esto también tiene una explicación, aunque de momento o, quizá nunca, la lleguemos a saber. ¡Goyo! ¡Muchachos! ¡A dormir que mañana hay que madrugar para hacer los apartes!”


Recuerdo que esa noche dormí más acurrucada a él que de costumbre, con mi cabeza apoyada en su pecho velludo, escuchando los latidos de su corazón. Por cada latido, yo me decía: le cuento, no le cuento, le cuento, no le cuento. Al asunto de la brasa me refiero, ¿entiendes? ¿Y por qué esas tontas dudas en razón de un asunto tan pueril?, me he preguntado toda la vida, si para él siempre fui una reina. Pienso, ahora que estoy grande, que por nada del mundo quería quedar a sus ojos como una reina tonta que vio un fuego en ciernes y no fue capaz de abrir la boca. Oh, mi querida, estás bostezando. Debe ser que a tu hígado le hayan caído mal los macarrones o el licor de cacao.


Salvo para Augusto, el asunto no fue ocioso para nadie en “Don Feliciano”. A la mañana siguiente, no mas verme en el jardín desayunando, sin Augusto, que había salido al alba con la gente a hacer los apartes, vino corriendo Berta a contarme que nadie durmió esa noche, que nadie entendió tampoco qué había querido decir el patrón y que nadie dejó de pensar que el asunto era obra del Diablo. ¿De quién si no? La cosa es que no se ponían de acuerdo en el porqué el demontre había hecho tamaña maldad. ¿Se trataba de un castigo o de una advertencia? ¿Castigo al patrón, a la patrona o a Goyo? ¡¿Castigo de qué, de qué?!, dime tú, mi querida. Castigo no podía ser, parece que disentían algunos pocos con algo de criterio, puesto que el catecismo dice que el que da los merecidos es Dios. ¿Y tú qué piensas? ¡No has pronunciado palabra, mujer! ¡Berta me contó cada cosa de esa noche! Que todos empezaron a sentir olor a azufre; que la cabeza de los tres terneros los miraba por la ventana; que las uñas de las manos y los pies les empezaron a crecer en un santiamén y hasta que las cobijas se prendían fuego. Pero, tú sabes, el hilo termina cortándose por lo más fino y aquí se cortó por Goyo, pues la conclusión fue que el Diablo había venido por él.



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